Texto y fotografía por Ciro Cabal Ruano
Según la sabiduría popular, antiguamente una ardilla podía cruzar la Península Ibérica de norte a sur saltando de árbol en árbol sin tocar el suelo. Pero ¿y si Europa nunca hubiese sido un inmenso bosque? Durante las últimas décadas, distintos estudios ecológicos y palinológicos han comenzado a cuestionar la idea de que la Europa prehistórica estuviera completamente cubierta por bosques densos; la conocida como “hipótesis Vera” [1]. Es posible que amplias regiones del continente fueran, en realidad, paisajes mucho más abiertos: mosaicos de pastizales, matorrales y árboles dispersos, mantenidos por grandes herbívoros silvestres.
Desde esta perspectiva, algunos paisajes europeos pudieron parecerse más a las sabanas actuales que al bosque cerrado que solemos imaginar. No serían sabanas tropicales, por supuesto, sino ecosistemas abiertos propios del clima templado, con robles, pastizales, matorrales y una abundante fauna de grandes animales. En un artículo publicado recientemente en The American Naturalist, exploro la posibilidad de que aún queden vestigios de esos paisajes en la península ibérica [2].
Una sabana entre Ávila y Cáceres
Mi estudio se centra en varios enclaves situados en las laderas meridionales de la Sierra de Gredos, entre Candeleda, en Ávila, y Madrigal de la Vera, en Cáceres. Allí, grandes robles centenarios aparecen dispersos sobre una matriz de pastizales, helechales y matorrales mediterráneos. El resultado es un paisaje abierto que, a primera vista, recuerda a una sabana africana. Durante mucho tiempo, estas zonas se han interpretado como melojares degradados: antiguos bosques de roble dañados por la tala, el pastoreo y el fuego. Desde esa perspectiva, la desaparición de la actividad humana permitiría que el bosque se recuperase y volviera a ocuparlo todo.
Sin embargo, la historia que emerge al estudiar estos enclaves es bastante más compleja. Estos paisajes albergan una diversidad notable de plantas y animales—seguramente mayor que la de los melojares maduros, por no hablar de las repoblaciones de pino resinero. También conservan árboles de gran edad, pastizales de montaña y comunidades asociadas a ambientes abiertos que podrían desaparecer si el matorral y el bosque cerrado avanzaran sobre ellas. En lugar de ser una etapa degradada y transitoria, podrían constituir un ecosistema singular que ha pasado en gran medida desapercibido para la ciencia y la conservación.
Tendemos a asumir que allí donde hoy vemos árboles dispersos existió anteriormente un bosque denso destruido por las personas. En estas zonas de Gredos, sin embargo, puede haber ocurrido algo diferente: los herbívoros silvestres y, posteriormente, el ganado habrían contribuido a mantener durante milenios un paisaje ya abierto.
Reconstruir la historia del paisaje
Para investigar esta posibilidad combiné observaciones de campo, mediciones de la vegetación, fotografías aéreas históricas, fuentes arqueológicas y testimonios de personas que conocen la sierra desde hace décadas.
Cada una de estas fuentes me permitió reconstruir una parte de la historia. Las fotografías aéreas muestran su evolución a lo largo del último siglo. El conocimiento ecológico local ayuda a reconstruir prácticas, transformaciones y procesos difíciles de identificar únicamente con datos científicos convencionales. La arqueología revela una presencia humana y ganadera muy antigua, precedida por la caza de abundantes grandes herbívoros. En conjunto, las evidencias sugieren que estas formaciones abiertas no surgieron únicamente como consecuencia de una degradación reciente. Podrían ser los últimos vestigios de una antigua sabana de montaña que ocupaba una extensión mucho mayor que la de la Sierra de Gredos.
Esto no significa que el ser humano no haya influido en ellas. Al contrario: las sociedades pastoriles desempeñaron durante siglos un papel decisivo. Pero probablemente no crearon el paisaje desde cero. Más bien sustituyeron parcialmente la función ecológica que antes ejercían los grandes herbívoros salvajes.
El abandono rural también transforma la naturaleza
El abandono rural es uno de los grandes cambios ecológicos que está experimentando la España interior. Cuando desaparecen los rebaños y se abandonan las prácticas tradicionales, la naturaleza no permanece inmóvil ni necesariamente regresa a un estado original. El paisaje cambia de nuevo.
En la Sierra de Gredos, la desaparición de la ganadería extensiva está favoreciendo la expansión de matorrales densos y monoespecíficos, de helechos y de masas forestales de pinos. Esta transformación puede beneficiar a algunas especies, pero también amenaza a las comunidades asociadas a pastizales y a bosques abiertos que podrían ser relictos del Holoceno.
Además, la acumulación continua de vegetación aumenta la cantidad de combustible disponible. El resultado puede ser un paisaje más vulnerable a incendios extensos e intensos, especialmente en un contexto de veranos cada vez más cálidos y secos.
Durante las conversaciones que mantuve para el estudio, varios habitantes de la zona describieron con claridad este cambio. Antiguamente había muchas más personas y animales que utilizaban la sierra. Hoy quedan pocos ganaderos capaces de mantener superficies tan extensas, y el matorral ocupa rápidamente los espacios abandonados. La desaparición de una actividad humana puede parecer, en principio, una buena noticia para la naturaleza. Pero en ecosistemas que durante miles de años dependieron del pastoreo, de la herbivoría y del fuego, la retirada completa de esas fuerzas puede provocar una pérdida de biodiversidad en lugar de una recuperación (Fig 1).
Figura 1: Procesos ecológicos que mantienen la estructura de la vegetación y la diversidad de plantas en las sabanas montañosas de Gredos.
El fuego no siempre es el enemigo
En el imaginario contemporáneo, el fuego aparece casi exclusivamente como una fuerza destructiva. Sin embargo, en los ecosistemas mediterráneos también ha sido un proceso ecológico fundamental. Los incendios eliminan temporalmente parte de la vegetación dominante, reciclan nutrientes, generan espacios abiertos y permiten que sobrevivan especies que no podrían competir bajo una cubierta densa de matorral o de bosque. El problema no es simplemente que haya fuego, sino cuándo se produce, con qué intensidad y sobre qué tipo de paisaje.
Hasta hace pocas décadas, los habitantes de la sierra realizaban quemas durante los meses fríos y húmedos. Estos fuegos de baja intensidad se utilizaban para renovar los pastos y limitar el avance del matorral. Al hacerse en condiciones controladas, reproducían parcialmente algunos efectos del fuego natural sin alcanzar la intensidad de los grandes incendios actuales. Estas quemas contribuyeron probablemente a mantener la estructura abierta y la diversidad de los enclaves estudiados. Su desaparición, combinada con la reducción del pastoreo, ha favorecido la acumulación de biomasa y el avance de especies muy dominantes.
Recuperar el papel ecológico del fuego no significa dejar arder la sierra sin control. Significa estudiar cuidadosamente dónde podrían utilizarse quemas prescritas, bajo qué condiciones y con qué objetivos de conservación y prevención.
¿Pueden los animales volver a cuidar el paisaje?
Una posible respuesta a este problema es el rewilding, una estrategia de conservación que busca recuperar procesos ecológicos perdidos [3]. En lugar de mantener indefinidamente el paisaje mediante desbroces, maquinaria y una intervención humana constante, el rewilding intenta devolver parte de ese trabajo a los propios ecosistemas. Los grandes herbívoros comen hierbas, brotes y arbustos, abren senderos, transportan semillas, fertilizan el suelo y crean una vegetación más heterogénea.
Distintos proyectos europeos están explorando esta posibilidad. En Oostvaardersplassen, en los Países Bajos, grandes herbívoros han contribuido a mantener extensas áreas abiertas. En España, iniciativas como las desarrolladas por Rewilding Spain en el Sistema Ibérico están estudiando cómo caballos y grandes bóvidos pueden limitar la matorralización y favorecer paisajes más diversos.
En Gredos, la recuperación de poblaciones abundantes de herbívoros silvestres podría ayudar a conservar estas sabanas de montaña. Combinada con quemas prescritas cuidadosamente planificadas, permitiría reducir la continuidad del combustible, mantener pastizales y frenar el dominio de algunas especies de matorral. No se trataría de introducir animales de forma indiscriminada, sino de reconstruir progresivamente una comunidad faunística capaz de desempeñar funciones que hoy se encuentran muy debilitadas.
Un posible proyecto de rewilding en Gredos
A partir de estas ideas, estoy impulsando una propuesta de conservación denominada Northgrippian Park/Rewilding Gredos (https://www.northgrippianpark.es/). Su objetivo sería recuperar procesos ecológicos en las sabanas montañosas del sur de Gredos, reforzar la fauna silvestre local y explorar formas seguras de restaurar el papel del fuego. Gredos podría convertirse en un nuevo lugar de referencia para estudiar cómo el rewilding puede generar beneficios ecológicos, sociales y económicos al mismo tiempo.
Mantener estos paisajes ayudaría a conservar una biodiversidad singular y podría reducir la acumulación de combustible. También permitiría atraer a investigadores, naturalistas y ecoturistas interesados en conocer cómo pudieron ser algunos ecosistemas ibéricos antes de la expansión de la agricultura y la ganadería intensivas: espacios abiertos, con árboles dispersos y abundante fauna silvestre.
A largo plazo, la recuperación de ecosistemas más funcionales podría incluso facilitar el regreso de especies desaparecidas de la región. Animales como el lince ibérico o el oso pardo necesitan territorios amplios, cadenas tróficas completas y poblaciones suficientes de presas y otros recursos. Su retorno no depende únicamente de proteger el espacio, sino de reconstruir los procesos que permiten que ese espacio funcione.
La naturaleza también necesita espacio para actuar
El rewilding plantea, inevitablemente, retos importantes. Los animales salvajes no utilizan el territorio únicamente en función de la vegetación o del alimento disponible. También responden a la presencia humana, la caza, las carreteras, los cercados y el ganado. Cuando estas presiones son intensas, se genera lo que en ecología denominamos un paisaje de miedo. Los animales evitan determinadas zonas, concentran su actividad en lugares seguros o modifican sus horarios. Como consecuencia, su influencia sobre la vegetación puede quedar limitada incluso aunque sus poblaciones aumenten.
Recuperar una comunidad abundante y funcional de herbívoros exigiría, por tanto, no solo restaurar hábitats, sino también reducir algunas de las presiones que condicionan su comportamiento. Esto requeriría acuerdos entre administraciones, propietarios, ganaderos, cazadores, científicos y habitantes de la región. La conservación no puede plantearse al margen de las personas que viven en el territorio. En última instancia, decidir qué paisaje queremos para el futuro de Gredos es una cuestión ecológica, pero también social.
La idea de una sierra completamente cubierta de bosque puede resultar atractiva. Sin embargo, quizá la naturaleza salvaje de Gredos nunca consistió únicamente en árboles cerrando el paisaje. Tal vez estuvo formada por un mosaico cambiante de pastizales, matorrales, robles dispersos, fuego y grandes animales.
Reconocer esa posibilidad cambia nuestra forma de interpretar estos espacios. En lugar de considerarlos bosques incompletos que esperan ser restaurados, podemos empezar a verlos como ecosistemas valiosos por derecho propio: los posibles vestigios de una España salvaje que se parecía más a una sabana de lo que habíamos imaginado.
Referencias
[1] Vera, F.W.M. (2000) Grazing ecology and forest history, CABI Publishing.
